Nivel I – Tema II

«Formación Dominicana»

Domingo: «Durante el día nadie más accesible y afable que él en él trato con los frailes y los acompañantes. Por la noche nadie tan asiduo a las vigilias y a la oración. En las Vísperas demoraba el llanto y en los Maitines, la alegría. Dedicaba su día a los prójimos, la noche a Dios; sabiendo que en el día manda el Señor su misericordia y en la noche, su cántico.» Jordán de Sajonia

EL SOÑABA…

Tomado de la Revista “La Vie Spiritúelle” por Fr. André Duval, op.

“Porque amaba a todo el mundo, todo el mundo le amaba”, “Sensible a las angustias de los pecadores, de los desgraciados, de los afligidos, de los abrumados, llevaba esas miserias en el santuario íntimo de su compasión”.

Estas dos reflexiones de alguien que le había conocido y querido mucho nos dicen el secreto del corazón de Domingo, de su vida, de su obra, el ideal que nos propone.

“Porque amaba a todo el mundo, todo el mundo le amaba”. Amar a todo el mundo, ¿qué quiere decir? En primer lugar, a todos los que encontraba y en los veinte años de su vida peregrina encontró muchos: españoles y escandinavos, alemanes y romanos, ocitans y franceses, hasta normandos… Pero amar a todos los hombres es también amar a aquellos con los cuales soñaba. ¡Porque él soñaba! Soñaba con la gente del Norte, soñaba con los musulmanes, soñaba con los cumanos del Este. Un día iré a encontrarme con ellos, decía él. Él soñaba! Los hombres que encontraba no eran bastantes numerosos, no eran más que una muestra de esa masa de hombres por los cuales Jesucristo ha muerto. Eran todos aquellos los que él amaba.

“Él llevaba los sufrimientos de los desgraciados en el santuario íntimo de su compasión. Un santuario, es decir que cuando él compartía las desgracias de los otros no estaba solo en este santuario, estaba la presencia de Jesucristo con quien él se encontraba sin cesar en su oración. De ahí que sus encuentros no eran superficiales sino que los prolongaba después de la conversación, se prolongaban en ese santuario de su oración. Pero a veces también era en la intimidad de ese santuario donde todo comenzaba. En efecto si él tenía ansia de anunciar la salvación de Jesucristo a los musulmanes, a los paganos, a los herejes, era de ellos que conversaba con Dios en el santuario de su corazón de tal manera que cuando encontraba alguien, ese que era así encontrado tenía como la impresión de ser esperado. 

Desde hacía mucho, tiempo, sin poder designarlo, ni nombrarlo, en su corazón había orado por aquel que de golpe reconocía. Tenía en su rostro esa sonrisa que acogía a todo hombre que se acercaba a él, sonrisa fácilmente velada de gravedad, de tristeza, cuando percibía que el nuevo interlocutor era de aquellos que hace mucho tiempo deseaba encontrar: un desgraciado, un abrumado, alguien que tal vez sin saberlo, buscaba a Dios.

Era tan grande este corazón para cargar con los sufrimientos de todos los hombres por quienes Jesús ha muerto; tan grande era su corazón, pero él sabía que era a la vez muy estrecho. ¿Cómo hacer, él solo, para llevar todos los sufrimientos del mundo en búsqueda de salvación? Esa llama que ardía en^l santuario íntimo de su compasión, multiplicaba por diez todas sus otras facultades, todas sus energías, multiplicaba por diez su lucidez sobre el mundo de su tiempo, lo empujaba a iniciativas audaces, le hacía desplegar en la acción todo su realismo práctico: esa fue la fundación de la Orden de Predicadores, creada para que se multipliquen a través del mundo los santuarios de compasión.

En 1217, a algunos hermanos que enviaba de Toulouse a París, les daba esta consigna: “Estudiad, predicad, formad una comunidad”. Era lo que habían hecho siempre en Toulouse, cuando con él, se iniciaron simultáneamente en el secreto de la Palabra de Dios, en los caminos de la oración, en las sendas de la humildad de corazón. “Estudiad, predicad, haced una comunidad, sed santuarios de compasión.”

Hoy celebremos a aquél que condujo nuestro caminar en el seguimiento de Cristo; todavía hoy escuchamos sus consejos: escrutemos la Palabra de Dios, sepamos decirla, formemos comunidades basadas en la oración y la humildad de corazón. Con esta condición, la pequeña llama del santuario por titubeante que pueda parecer, no se apagará nunca.

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